Suele utilizarse esta expresión para referirse al momento en el que los hijos no necesitan ya del cuidado de sus padres y reivindican de manera explícita, y a veces hasta agresiva, su independencia y su mayoría de edad para iniciar solos el viaje hacia la vida.

Los hermanos juegan a pelearse entre ellos para desarrollar sus habilidades de lucha en el ambiente amigable y seguro del hogar, antes de salir al mundo exterior a enfrentarse con enemigos reales. A medida que van creciendo, van subiendo el listón y presentan pequeñas batallas contra sus progenitores, en la confianza de que estos no reaccionarán contra ellos de manera destructiva. Batalla tras batalla, los padres se dejan ganar una y otra vez para estimular la autoconfianza de sus hijos, esos hijos por los que tantas noches de vigilia pasaron, esos hijos por los que tantas batallas libraron, esos hijos por los que tantos sacrificios hicieron.

Llega un momento en el que ese reto no es ya un juego y los hijos presentan batallas reales contra sus padres, convencidos de que ellos son sus peores enemigos y olvidando que ellos mismos son lo que son gracias a los sacrificios de sus padres, que durante muchos años les dedicaron todos sus esfuerzos.

Cuando el hijo mata al padre como padre, muere también el hijo como hijo.
Matar al padre como ejercicio de superación personal, aun siendo un impulso natural, inhabilita al hijo también como ser humano, un miembro de la especie superior capaz de trascender su impulsos primarios, un ser capaz de distinguir entre el bien y el mal, entre amigos y enemigos, entre juego y realidad.

http://templar-alquimia.blogspot.com.es/2017/04/matar-al-padre.html

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