Los grandes ventanales desde los que se atisbaba la playa feliz de cálida arena eran el marco ideal para dar rienda suelta a sus delicadas manos en aquellas tardes de verano, de cada verano, de todos los veranos. Los mejores momentos de su vida.
Frente a ellos, con el salón bañado con la suave luz del atardecer, vestía su caballete con blanco lienzo, como si de una inmaculada novia se tratara. Ella manejaba sus pinceles con la maestría con la que un director de orquesta maneja su batuta, orquestando una sinfonía de colores con los que expresaba su más íntimos sueños, sus más secretas esperanzas.

Virginal, ilusionada, limpia y leal, entregó su joven e inexperto amor a su amor, su gran amor, el único amor de su vida. Había tenido buen ejemplo en sus propios padres: él, recio y escueto en las formas pero íntimamente cálido de corazón; ella, alegre, divertida, desenfadada y cantarina, un cocktail perfecto para elaborar la fórmula de la felicidad hasta el final de sus días... hasta en el día de irse de este mundo se pusieron de acuerdo.
Blanca y radiante entregó su dulce amor... pero aquello acabó, como acaban los días, como acaba el verano, como acaba la vida.

Los años han pasado, pero no así su juventud, juventud del alma que dota al cuerpo de renovadas energías para explorar nuevos horizontes. La vida sólo acaba cuando se termina la ilusión, cuando se agotan las ganas de tomar los caminos inexplorados que se internan en el bosque frondoso de verde intenso. Y ella no tenía miedo de andar los nuevos caminos de la vida.

http://templar-alquimia.blogspot.com.es/2016/10/blanca-y-radiante.html

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